No puedo dormir. La noche calurosa de Madrid cae a plomo, huyendo de su oscuridad en las luces amarillentas de las farolas. Hace poco he visto el video de la muerte de Neda en Irán. He visto como el gris del asfalto se teñía de su sangre escarlata, como sus ojos negros dejaban de enfocar mientras la sangre chorreaba por nariz y boca. He visto como un pañuelo negro dejaba escapar su flequillo impúdico. He visto a su padre correr desesperado e intentar agarrar el aire como queriendo atrapar la vida de su hija que se iba ante sus propios ojos, demasiado rápido para que nadie ayude, demasiado rápido para decirle que no se fuera, que la quería, que la amaba. He visto su cara levantarse buscando ayuda entre la multitud alborotada, el pelo blanco revuelto al aire y la desesperación, como intentando encontrar a la muerte para decirle que se lo llevasen a él en su lugar. Al fin y al cabo, ni encontrando ni entendiendo nada. He visto esas manos que apretaban contra el pecho intentando tapar el agujero de la negra y caprichosa bala de muerte. He visto la piel blanca de su cara cubrirse de sangre fugada con sorprendente rapidez, chorreando en regueros de vida que se acababa. He oído los lamentos plañideros y los gritos del padre perdido en sí mismo, primero preguntando ¿Neda, Neda? Luego asintiendo ¡Neda, Neda! Más tarde desgarrándose ¡Nedaaaaa, NedaaaaaaAAAAAA….!
No puedo dormir, hace mucho calor y el recuerdo de la muerte ronda las esquinas de mi vigilia. Ahora mismo, mientras yo estoy cómodamente instalado en el salón de mi casa, con las ventanas abiertas buscando algo de consuelo en el calor de la noche, veo dentro de mi cabeza a gentes corriendo por las calles, mirando por las esquinas antes de avanzar, ocultándose en callejones oscuros, apagando sus teléfonos móviles, susurrándose unos a otros escondidos entre las sombras de las mezquitas… susurrando una única, fría, blanca y arrebatadora verdad hecha palabra ¡LIBERTAD!
En el calor de mi cama, donde ya no quedaba ninguna esquina del paño de sus sabanas sin calentar, he notado un vacio abrirse en mi pecho como boca de muerto gimiendo, he sentido mi nariz dilatarse buscando la esencia de cosas y personas que no conozco ni conoceré, que ya no están, que están pero dejaran de estar. Mi piel se ha despertado de punta al grito de la impotencia y de la palabra eterna ¡LIBERTAD!
Yo soy uno, y soy pequeño, y estoy lejos, y soy débil, pero soy por lo menos uno y desde la distancia quiero lanzar un mensaje al aire, a quien lo quiera escuchar, para quien lo quiera o pueda leer, para quien desde mas allá del mar lo pueda sentir, ¡No estáis solos!
Veo a los padres despiertos en esta noche en una ciudad y un país que no conozco, lejos, muy lejos. Los veo en mi cabeza, leo sus pensamientos, y comprendo como al día siguiente se levantaran y saldrán a la calle a protestar, a dar su vida por la libertad que quieren para hijos y nietos en el mañana incierto, sabiendo que a lo mejor no vuelven, sabiendo que cualquier bala sorda y caprichosa puede apartarles de los suyos para siempre, sabiendo que cualquier porra en una sien, cualquier embestida de coche o tanqueta, cualquier azar del destino puede hacer que no vuelvan, pero, en su cabeza, en el vericueto de la mente que no cesa, saben que no están solos. No están solos en esta noche oscura en su país envuelto en olores que no conozco ni comprendo, en canticos al alba que despiertan mi raíz más profunda y ancestral. No, no están solos, de hecho son millones, en las casas de sus vecinos, en los más oscuros y recónditos rincones de este mundo, parapetados detrás de teclados de ordenador, armados con teléfonos móviles, a la espera de ayudar desde cualquier ONG en cualquier parte, delante de sus embajadas, en las calles de Paris, en las miradas de lado en las reuniones de sus embajadas, en los teléfonos que no devuelven las llamadas, en los mails que se quedan sin contestar. Estamos con ellos, estamos allí, presentes, corriendo por las calles, gritando las palabras que ellos gritan, sufriendo sus penurias e intentando mandar nuestros corazones, nuestras voluntades, la fuerza de nuestros músculos, nuestros espíritus, nuestra fuerza vital para luchar con ellos a brazo partido, espalda contra espalda, para luchar como si no existiera el mañana para que mañana sea el primero de otros días por llegar.
Querría tender un puente de sal rosa con mi boca y sacarlos a todos ellos de allí, protegerles con mis manos y escudarles del frio e hirviente plomo que surca el aire entre camisetas y banderolas verdes, los velos negros y gritos de ancianos y jóvenes, de estudiantes y obreros, de ricos y pobres, gritos de palabras que no entiendo, pero que yo y el resto del mundo comprendemos, y que solo dicen ¡LIBERTAD!
No sé que puedo hacer desde aquí, pero algo se me ocurrirá, algo habrá que hacer, los están apaleando, los están humillando, los están matando, y su libertad es la nuestra y la de todos los demás. Los oigo pedir ayuda, me llega su llamada angustiada, desesperada pero orgullosa desde fuera en mensajes y videos y microblogs y fotos, y los oigo desde dentro en mi interior, guturales, profundos como el bramido de la vaca herida en la distancia, incólumes en su determinación.
Vaya con ellos todo lo que tengo y soy capaz de dar y desde la distancia mi pena y lagrimas por Neda, todos ellos y todos los demás.
¡No estáis solos y al final llegar un mañana que será el primero de muchos mañanas más!
Egomarca
Madrid 23 de Junio 2:30 PM